«La escasez no vive en el mundo, vive en la mente. Y solo cuando cambias la mirada, descubres que la abundancia siempre estuvo ahí, esperándote.”
Una de las cosas que más me ha sorprendido a lo largo de mi vida profesional es ver cómo la escasez puede distorsionar el potencial humano. He trabajado con personas extraordinarias, inteligentes, preparadas, llenas de talento… que, sin embargo, se bloqueaban completamente cuando sentían que los recursos escaseaban: tiempo, apoyo, reconocimiento o simplemente seguridad.
Lo curioso es que esas mismas personas, cuando la presión disminuía o cuando recuperaban la confianza, eran igual de brillantes y resolutivas que cualquiera. No habían perdido sus capacidades; lo que las limitaba no era su talento, sino la sensación de carencia que ocupaba su mente.
La escasez mental actúa como un filtro que estrecha la mirada, reduce la creatividad y apaga la confianza. Cuando alguien siente que no tiene suficiente, su energía se concentra en sobrevivir, no en imaginar. Y en ese modo, incluso los más capaces terminan dudando de sí mismos.
He aprendido que el problema no está en la falta de recursos, sino en cómo la mente interpreta esa falta. Dos personas pueden enfrentarse al mismo desafío: una se paraliza, la otra encuentra un camino. La diferencia no está en lo que tienen, sino en lo que creen posible.
Por eso, una de las tareas más importantes del liderazgo —y también del crecimiento personal— es ayudar a liberar a las personas del pensamiento de escasez. Cuando alguien deja de sentirse amenazado por lo que falta y empieza a confiar en lo que puede crear, su talento vuelve a florecer. Esa es la esencia de lo que he aprendido sobre el potencial humano: florece cuando la mente se libera del miedo.
En las dosis anteriores aprendimos a mirar la incertidumbre sin miedo, a fortalecernos en la adversidad y a reconocer que cada desafío puede ser una oportunidad de crecimiento. Esta cuarta dosis nos invita a dar un paso más: abrir espacio para lo posible. La abundancia no tiene que ver con el tener, sino con el ser. Porque cuando eres más —más consciente, más agradecido, más disponible para los demás—, el mundo también se vuelve más abundante contigo.
¿Y si lo que te falta no fuera más recursos, sino una nueva forma de mirar lo que ya tienes?
Esa es la pregunta que abre esta dosis. La respuesta, como siempre, está dentro de ti.
Cuando la escasez cambia nuestra mirada
La escasez no solo reduce lo que tenemos; también estrecha nuestra forma de ver el mundo. Cuando sentimos que algo falta, la atención se contrae. Y cuando esa mirada queda fijada en la carencia, nuestras decisiones se vuelven defensivas y el miedo ocupa el espacio de la posibilidad. Lo que antes era un paisaje amplio se convierte en un primer plano de aquello que más nos inquieta.
Ese nuevo enfoque condiciona nuestras decisiones. Cuando falta tiempo, dinero, energía o afecto, reaccionamos distinto: pensamos en el corto plazo, buscamos resultados rápidos y actuamos con una mezcla de urgencia y necesidad. Cada minuto o cada euro pesa más. Y, sí, nos volvemos resolutivos… pero a un precio.
Porque esa precisión también nos vuelve miopes. Nos obsesionamos con lo que falta y dejamos de ver lo que permanece. La mente, atrapada en lo urgente, deja fuera lo esencial. Sin darnos cuenta, empezamos a tomar decisiones que nos alejan de lo que más valoramos. En la prisa por apagar un incendio, posponemos una conversación importante, descuidamos la salud o aplazamos un sueño que nos daba sentido. Ganamos velocidad, pero perdemos equilibrio.
La mentalidad de escasez nos desgasta por dentro: nos mantiene en alerta, reactivos y pendientes siempre de lo que falta, hasta el punto de no disfrutar lo que ya tenemos. También afecta nuestras relaciones: cuando sentimos que los recursos son limitados, vemos a los demás como rivales, no como aliados, y la desconfianza se vuelve norma. Y en nuestra vida, la escasez estrecha nuestra mirada: no porque falten cosas, sino porque falta amplitud interior, gratitud y capacidad de atención.
La abundancia abre una ventana diferente: donde la escasez ve límites, ella ve posibilidades. Y ese cambio empieza creando un pequeño espacio entre lo urgente y lo importante. Un respiro en la agenda, unos minutos sin pantallas, un margen para equivocarte sin miedo. Esa holgura despeja la mente: aparecen opciones, calma y creatividad. No se trata de hacer menos, sino vivir con más intención. Cuando silencias el ruido de la escasez, vuelve a aparecer lo posible.
Con el tiempo la mentalidad de escasez, puede derivar en ansiedad, tristeza, baja autoestima o soledad, porque la sensación de “no tengo suficiente” acaba convirtiéndose en “no soy suficiente”. En las relaciones genera miedo, dependencia o dificultad para dejar vínculos que ya no te vienen bien. Reconocer estos efectos es un acto de autocuidado. Solo entendiendo cómo opera este bucle podemos abrir espacio para una alternativa más sana basada en confianza, gratitud y colaboración: la mentalidad de abundancia.
El reto no es eliminar la escasez, sino evitar quedar atrapados en su túnel. Usar su energía sin perder la amplitud. Y a veces basta una pausa breve, una respiración más lenta o una pregunta honesta para ampliar la mirada:
“¿Estoy atendiendo solo lo urgente… o estoy olvidando lo esencial?”
En esa pausa, recuperamos la mirada. Y con ella, la vida vuelve a ensancharse.
¿Vives desde la abundancia o desde la escasez?
Estas preguntas pueden ayudarte a reflexionar sobre tu enfoque mental y reconocer si estás adoptando una mentalidad de abundancia o de escasez en diferentes aspectos de tu vida.
¿Cómo reacciono ante los desafíos? ¿Los veo como oportunidades para aprender y crecer, o como obstáculos insuperables?, ¿Suelo preocuparme por la falta de recursos o me enfoco en cómo puedo aprovechar al máximo lo que tengo?, ¿Estoy dispuesto a colaborar y compartir mis conocimientos y recursos, o tiendo a competir para proteger lo que tengo?.
¿Cómo manejo el fracaso? ¿Lo vivo como una oportunidad para mejorar y seguir adelante, o como una confirmación de que no soy suficiente?, ¿Me enfoco principalmente en las carencias, o en cómo puedo innovar y encontrar soluciones para avanzar?.
¿Cómo percibo las oportunidades que se presentan en mi vida? ¿Las veo como excepciones raras o como señales naturales de un mundo lleno de posibilidades?, ¿Siento que mis límites son fijos, o creo que puedo superar obstáculos y alcanzar mis metas con creatividad y determinación?
¿Cómo veo el potencial de los demás? ¿Me inquieta cuando alguien cercano alcanza un logro importante o recibe un reconocimiento? ¿O el éxito de otros me inspira, recordándome que yo también puedo avanzar y crecer?
Estas preguntas no buscan juzgarte, sino ayudarte a ver desde dónde actúas. Porque cada respuesta abre una puerta distinta: una hacia la contracción y el miedo, y otra hacia la expansión y la oportunidad.
Cómo romper el bucle de la escasez
A veces creemos que simplemente somos prudentes, exigentes o previsores, pero lo que ocurre es que tu mente se ha acostumbrado a enfocarse en lo que falta. Cuando entra en modo escasez, tu atención se estrecha. Empiezas a mirar la vida a través de una lupa: lo que no tienes, lo que no controlas, lo que podrías perder. Ese enfoque, aunque parezca protegernos, nos roba atención, claridad y serenidad.
Lo que antes era una precaución sana se convierte en un bucle que alimenta la ansiedad: cuanto más pensamos en lo que falta, más sentimos que falta algo.
Este bucle tiene una dinámica muy clara: Atención selectiva : la mente se fija en lo que escasea: tiempo, dinero, reconocimiento, afecto. Ansiedad creciente: esa sensación de carencia activa la alerta, el miedo a no llegar o a quedarnos atrás. Comparación constante: empezamos a medirnos con otros para confirmar si estamos bien o no. Reacción defensiva: Intentamos proteger lo poco que creemos tener, nos aislamos y perdemos espacio para crear.
Así, la mente se va encogiendo sobre sí misma. Entramos en un estado en el que todo parece urgente, pero nada esencial. El foco se desplaza del crecimiento al control, de la creación a la protección. Y cuando ese modo se prolonga, no solo te agota y te roba presencia, descanso y capacidad de disfrutar lo que sí tienes: puede convertirse en una ansiedad que se vuelve permanente, una sensación continua de ir detrás, de no llegar nunca, de vivir corriendo sin avanzar.
También en las organizaciones ocurre lo mismo. Cuando domina la mentalidad de escasez, los equipos se vuelven defensivos: protegen territorios, esconden información y bloquean la innovación. Pero cuando se cultiva la abundancia —la confianza, la colaboración y la apertura—, las personas se sienten seguras para experimentar, equivocarse y aprender juntas.
Romper este bucle no consiste en eliminar el miedo, sino en cambiar la forma de relacionarte con él. Veamos cómo hacerlo paso a paso:
Paso 1. Escuchar — Reconocer los síntomas de la escasez
La abundancia comienza cuando dejamos de huir de la escasez. No se trata de negarla, sino de escucharla: de reconocer cuándo aparece esa voz interior que dice “no hay suficiente”, “voy tarde”, “no soy capaz”.
Piensa en algo que hoy te esté generando sensación de carencia o urgencia. Puede ser tiempo, dinero, energía, reconocimiento o amor. Escríbelo con una frase sencilla:
“Siento que no tengo suficiente de…”
Permítete sentir estrés, preocupación o agobio sin castigarte por ello. La autocrítica solo alimenta la ansiedad.
Observar lo que sientes —sin juicio, con curiosidad— es el primer paso para liberar el espacio que la escasez ocupa en tu mente.
Reconocer la escasez es el comienzo de la salida. Cuando la observamos sin juicio, recuperamos perspectiva y podemos usar su energía sin quedarnos atrapados. Porque lo que más escasea no suele ser lo material, sino la presencia, la atención y la confianza. La escasez no es un enemigo, sino un recordatorio: nuestra mirada puede cerrarse o abrirse. La elección, siempre, es tuya.
Paso 2. Revaluar — Ver la recompensa aparente
Una vez que aprendes a escuchar el bucle, el siguiente paso es revaluarlo: mirar con atención qué te da y qué te quita. Porque todo hábito mental —incluso los que no dañan— ofrece una recompensa, aunque sea pequeña: un alivio momentáneo, una sensación de control, un intento de protegerte.
Revaluar significa mirar el precio oculto de esas falsas recompensas:
- ¿Qué te está costando tu miedo a no tener suficiente?
- ¿Qué pierdes cuando vives comparándote o intentando controlarlo todo?
- ¿Cuánta energía dedicas a protegerte, en lugar de crear, compartir o disfrutar?
Al verlo con honestidad, puedes agradecer la intención pero soltar el hábito. La mente empieza a entender que ese viejo modo de protegerte te cuesta más de lo que te da. Y en ese instante, el bucle pierde fuerza. Ya no actúa en automático porque lo estás viendo. Y lo que ves con conciencia, ya no puede dominarte igual.
A partir de aquí, el siguiente paso será elegir una alternativa mejor, una forma de vivir desde la confianza, la colaboración y la creación compartida: el terreno fértil donde florece la mentalidad de abundancia
Paso 3. Crear espacio para lo posible — Cultivar la mentalidad de abundancia
Una vez que has escuchado el bucle de la escasez y comprendido sus recompensas aparentes, llega el paso decisivo: elegir una alternativa más sana y liberadora. No se trata de negar la realidad ni de forzarte a pensar en positivo, sino de elegir conscientemente una forma distinta de habitar el mundo desde la confianza, la gratitud y la colaboración: el terreno donde crece la mentalidad de abundancia. Aquí tienes pequeñas prácticas que ayudan a crear ese espacio:
- Escribe tres cosas por las que te sientas agradecido cada día.
- Rodéate de personas que te inspiren y no te drenen.
- Cambia la queja por curiosidad: cuando algo no sale, pregúntate “¿qué puedo aprender aquí?”.
- Centra tu atención en las posibilidades, no lo que falta, sino lo que puedes construir con lo que ya tienes.
Pregúntate: ¿Qué pequeña acción puedo hacer hoy que amplíe mi mirada?
Tal vez sea llamar a alguien con quien hace tiempo no hablas, dar un paseo sin el móvil o dedicar diez minutos a algo que te haga sentir más presente. No importa lo pequeño que sea: importa que lo hagas. Porque son esos gestos mínimos, repetidos con intención, los que te devuelven un poco más de calma, perspectiva y abundancia.
Y si en algún momento te resulta demasiado pesado hacerlo solo, pedir ayuda es también una forma de abundancia. Significa confiar, abrirte, permitir que otros tre acompañen. Nadie rompe el bucle de la escasez aislado; lo hacemos acompañados, compartiendo vulnerabilidad y aprendizaje.
Seis prácticas para cultivar la abundancia cada día
Aquí tienes algunas prácticas sencillas —inspiradas en mi libro Las Siete Mentalidades para Navegar la Incertidumbre— que puedes empezar a integrar hoy mismo:
- Empieza por valorar lo que ya tienes: La abundancia nace cuando dejas de mirar lo que falta y te enfocas en lo que ya está en tus manos: tus talentos, tus relaciones, tus aprendizajes. Pregúntate: ¿Qué estoy pasando por alto en mi vida que ya es una forma de abundancia? ¿Cómo puedo aprovechar mejor mis recursos, mis habilidades y mis vínculos actuales?
- Practica la gratitud: Nada fortalece más el músculo de la abundancia que la gratitud. Dedica unos minutos cada día a reconocer tres cosas por las que te sientas agradecido. Pregúntate: ¿A quién puedo agradecer hoy algo, por pequeño que sea? ¿Qué tres cosas valoro en este momento de mi vida?
- Sustituye el miedo por curiosidad: El miedo es el lenguaje de la escasez. La curiosidad es la llave de la abundancia. Pregúntate: ¿Qué lección o oportunidad puede esconderse detrás de este reto? ¿Cómo puedo convertir mi inquietud en una acción concreta?
- Mira el potencial en los demás: Ver a las personas no por lo que son hoy, sino por lo que pueden llegar a ser, cambia radicalmente tus relaciones. Pregúntate: ¿A quién podría apoyar o animar hoy en su crecimiento? ¿Estoy mirando a los demás desde la posibilidad o desde el juicio?
- Rodéate de influencias que te eleven: Si te rodeas de voces que viven desde la queja o el miedo, es fácil que tu mente adopte la misma mirada. Cultiva una red de relaciones que te inspiren y te ayuden a crecer. Pregúntate: ¿Estoy rodeándome de personas y mensajes que alimentan mi confianza y mi visión positiva del futuro?
- Lleva la abundancia en tu vida profesional: Cuando dejas de ver el trabajo como un terreno de competencia y escasez, aparecen posibilidades que antes pasaban desapercibidas: nuevas colaboraciones, ideas compartidas, soluciones creativas y un clima más humano. Pregúntate: ¿Cómo puedo convertir los retos laborales en oportunidades para aprender y colaborar? ¿Qué pequeños gestos puedo hacer para fomentar un entorno de abundancia con mi equipo?
La mentalidad de abundancia no es una moda ni una frase bonita para redes sociales. Es una forma de estar en el mundo. Una actitud activa que te permite ver oportunidades donde otros solo ven límites. Cuando la adoptas, cambias la manera en que navegas la vida: pasas del miedo a perder al deseo de crear, del control a la confianza, de competir a colaborar.
Una invitación personal
La abundancia empieza en un gesto silencioso: darte permiso para mirar la vida con más amplitud. No es ignorar los problemas, sino recordarte que no estás definido por lo que falta. Cuando cambias la forma de mirar, cambian las posibilidades que ves. Y eso, aunque parezca pequeño, puede modificar completamente tu manera de caminar por la vida.
Y quizá esa sea la invitación más profunda de esta dosis: no esperes a tener más para vivir mejor. Empieza ahora, con lo que tienes, con quien eres, con el próximo paso que puedes dar. La abundancia no es un destino, es un modo de avanzar que te devuelve claridad, confianza y un horizonte abierto. Y lo mejor es que siempre, absolutamente siempre, está a tu alcance.
Te dejo tres preguntas para acompañarte hoy:
- ¿Qué estás mirando desde la falta que podrías empezar a mirar desde la posibilidad?
- ¿Qué pequeño gesto de gratitud, colaboración o apertura podrías practicar hoy?
- ¿En qué área de tu vida podrías cambiar el foco: de lo que falta a lo que ya está presente?
En la próxima dosis daremos un paso más en esta expansión interior: exploraremos la Mentalidad Infinita, una forma de mirar la vida que deja atrás la obsesión por los resultados inmediatos y se enfoca en el progreso sostenido. No se trata de ganar hoy, sino de crecer siempre. De construir trayectorias, no solo victorias puntuales. De convertir cada día en una oportunidad para ser un poco mejor que ayer.
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